Son los días, querido, son los días los que pasan incansablemente, pero sin pasar por mí. Es la gente, amigo, es la gente que viene y se va, con sus palabras y sus ganas de vivir, o de morir, pero sus ganas al fin y al cabo, esas ganas que yo no poseo y que envidio secretamente mientras aspiro un cigarro importado. Entonces naufragio en el árbol y sonrío para que no se extienda este cáncer innegable que me está lacerando el corazón a cada vuelta del reloj. Y tengo miedo, te digo, miedo de que no haya árbol y que no haya cáncer y yo ya esté muerto.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
domingo, 2 de diciembre de 2007
Cigarro a.m.
Cerrada la puerta bastó dar tres pasos para que me invadiera un dios macabro. Comenzó como un resoplo en mi frente, casi una casualidad, el viento desde las sienes hacia las orejas llegando hasta la nuca, recorriéndome la espalda hasta alcanzar la punta de los pies. Tragué saliva en una acción amarga que me fue creciendo dentro como un fruto malogrado, volviéndose un cuchillo de doble filo bajándome por la garganta, una llama punzante albergada en estómago. Fumé un cigarrillo o dos, quizás ninguno.
Era su influjo irrenunciable, su voz pronunciándome, la memoria del momento exacto en que se hizo el mundo y la certeza de que la próxima vez, el próximo clamor, la próxima esperanza, sólo podrían provenir de sus manos en llamas, atravesándome.
lunes, 29 de octubre de 2007
Fernandez Concha
No iba vestido para la ocasión, pero le habían dicho que se curaban todos los males, desde una resaca hasta una soledad implacable. Así que no titubeó y de pie frente al portal,soltó el nudo de su corbata, se arremangó la camisa y ordenó un completo gigante con bebida. Tenían razón, para cuando se había acabado el completo, también se había acabado la pena.
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Se habría visto lindo en el metro.
